Una promesa cumplida...


Se había cumplido que Jesús fuese circuncidado a los 8 días de nacido, ahora había llegado la hora de presentarle delante del Señor, ya que el tiempo de purificación de María se había cumplido, según la ley de Moisés 7 días tenía prohibido mantener relaciones con su marido y 33 días debía purificarse sin poder ir al templo. 

Habla a los hijos de Israel y diles: La mujer cuando conciba y dé a luz varón, será inmunda siete días; conforme a los días de su menstruación será inmunda. 
Y al octavo día se circuncidará al niño. Mas ella permanecerá treinta y tres días purificándose de su sangre; ninguna cosa santa tocará, ni vendrá al santuario, hasta cuando sean cumplidos los días de su purificación. Levítico12:2-4

Como era la costumbre ahora José y María llevarían al templo a Jesús para presentarlo delante del Señor y ofrendar como holocausto por su nacimiento, como decía la ley, una tórtola o un palomino, como también una tórtola o un palomino por el cumplimiento del tiempo de purificación de la madre como expiación para ser limpia como lo leemos en Levítico.   

Cuando los días de su purificación fueren cumplidos, por hijo o por hija, traerá un cordero de un año para holocausto, y un palomino o una tórtola para expiación, a la puerta del tabernáculo de reunión, al sacerdote; y él los ofrecerá delante de Jehová, y hará expiación por ella, y será limpia del flujo de su sangre. Esta es la ley para la que diere a luz hijo o hija. Y si no tiene lo suficiente para un cordero, tomará entonces dos tórtolas o dos palominos, uno para holocausto y otro para expiación; y el sacerdote hará expiación por ella, y será limpia. Levítico 12:6-8

Ahora bien, luego de esta pequeña introducción les comento que hoy vamos a leer sobre dos personajes que encontramos en el Evangelio de Lucas.
Ellos pudieron ver cumplida la promesa que Dios había hecho al pueblo de Israel, la llegada del Mesías. Es claro que estoy refiriéndome a Simeón y Ana la profetiza

Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. 
Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. Lucas 2:25-26

Comencemos con Simeón, Lucas lo describe como un varón justo y piadoso, a quién el Espíritu Santo le había revelado que no moriría sin antes ver al Ungido de Israel, no sabemos cuántos años habrían pasado desde que recibió esa promesa, pero, así hallan sido diez, veinte o treinta años al final este hombre pudo ver la promesa de Dios cumplida en Jesús, el Salvador.

Ahora, imaginemos a este varón en unos de esos días por esas calles angostas caminando hacia el lugar de adoración, una vez allí mientras subía las escalinatas quizás la promesa expresada por el Espíritu Santo, vendrían fugazmente a su corazón “no verás la muerte hasta que no hayas visto al Ungido del Señor” y pensaría ¿será acaso hoy el día en que mis ojos contemplen el cumplimiento de esta promesa?
Y así continuaba transcurriendo su vida, orando y esperando pacientemente ese momento, ya que de forma regular iba cada semana al templo.

Ahora veamos se presenta el día en que…

…movido por el Espíritu, vino al templo… Lucas 2:27

Nota: Mover: Incitar a alguien a realice una cosa o un comportamiento determinado.

Quizás ese día no tenía pensado ir al templo pero había en su interior un movimiento que no le era extraño, ese era un día distinto a los demás, dentro de el, sintió fuertemente al Espíritu Santo que le movía para que fuera.
Me lo imagino, en obediencia según sus fuerzas, habrá salido hacia el templo por esas calles que solía recorrer, su vitalidad ya no era la de un joven por lo que a llegar al lugar habrá subido paso a paso la escalinata hasta llegar al patio interior.
Parado en ese lugar, su corazón esperaba impaciente sin comprender todavía porque Dios le había traído hasta allí, ¡algo iba a suceder!
La gente entraba y salía de pronto su mirada se detiene en una pareja que viene hacia el caminando, deslizando sus ojos se posan en el niño que la mujer tiene en sus brazos y dentro de su mente las palabras de Dios disipan sus dudas, ¡Simeón si, es El, tu espera ha acabado! sus pies se adelantan hacia la pareja para tomar al pequeño entre sus brazos.
Era El, El Mesías tan esperado del cuál habían hablado los profetas, era Jesús el Salvador.
De pronto los labios de Simeón se apresuran a pronunciar este himno de alabanza…

... Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; Porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; Luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel. Lucas 2:29-32

Dice que tanto José como María se maravillan de las palabras vertidas por Simeón. Luego este los bendice a ambos y le profetiza a María sobre Jesús.

He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones. Lucas 2:24-35 

Sobre las palabras de Simeón podemos decir que Jesús no fue una persona que pasó inadvertida, al contrario, y cuando expuso la verdad de quien le envió muchos se levantaron, como muchos también cayeron en Israel.
El verdaderamente fue por señal y le contradijeron, porque muchos creyeron y fueron salvos y muchos aunque todas las evidencias de su presencia estaban de acuerdo con las profecías, le aborrecieron y le condenaron, a estos que atados a la ley, fariseos y escribas los cuáles Jesús desenmascaró y así El vino a ser para ellos, piedra de tropiezo, ya que sus corazones fueron revelados. 
O sea que, a partir que alguien escucha el mensaje no queda indiferente, sino que hay un efecto sobre esa persona, tanto como para recibirle o por el contrario no aceptarle.
Dentro de esta profecía está encerrada una palabra tocante a María, “y una espada traspasara tu misma alma” esto se evidencia en todo el ministerio de Jesús, ella no estuvo al margen de todo el desprecio que El recibía  y las acechanzas de muerte que rondaba a su alrededor.
Pero el momento de la crucifixión tiene que haber sido más que doloroso para esta mujer hebrea.
Podemos verla allí mientras a Jesús le traspasan el costado con una lanza, las palabras de Simeón habrán resurgido en su mente, mientras su corazón también era traspasado por la espada del dolor.

Continuemos con el relato; A pocos metros de Simeón alguien observa los acontecimientos espirituales que se estaban sucediendo, allí estaba una mujer anciana que era profetiza de nombre Ana.
Lucas nos dice que ella hacía ochenta y cuatro años que era viuda, y se había apartado para el templo, consagrando así su vida totalmente a Dios.

…y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. Lucas 2:37

Muchos son los que concuerdan que tanto Simeón como Ana vienen a ser figura del Antiguo Testamento, de un Israel que agonizaba en medio de la tiranía del pueblo romano y la hipocresía de los líderes israelitas; Eran dos ancianos que evocaban el pasado de Israel, pero a su vez registraban la realidad del presente de aquel tiempo y la esperanza de un futuro, en la llegada del Mesías.
Simeón y Ana eran ahora testigos oculares de un nuevo despertar de Israel, un cambio espiritual profundo que muchos aceptarían y otros no.
Allí estaba Ana escuchando a Simeón, ella en algún momento le habría oído contar la promesa que Dios le había dado.
Como vemos, la fidelidad y consagración de Ana es bendecida con el regalo de ser parte de este hecho tan importante que registra la historia, sus oídos estaban oyendo de la boca de Simeón que la promesa se había cumplido y sus ojos podían ver al Mesías, al cual Dios había enviado para Salvación de la humanidad.
Ante este hecho tan sorprendente que la sacaba de su vida rutinaria se une a la voz de Simeón y ella también agradece a Dios y dice que hablaba de Jesús a todo aquel que esperaba la redención en Jerusalén.

…daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén. Lucas 2:38

Simeón tuvo paciencia, supo esperar y mantuvo su esperanza viva, podríamos decir que su vida se completó en el instante que tomó al Salvador en sus brazos.
Tanto Ana como Simeón sabían que Dios es fiel en sus promesas y pudieron contemplar con sus ojos el cambio de la historia a partir de ese momento.

Ana María Alvarez Kipreos





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