¡Si, yo le creo!





Hoy vamos a desarrollar los versículos que están en el evangelio de Lucas capítulo 4:16-30, pero antes voy a explicar brevemente, si les parece, como era el rito en las sinagogas.

Les comento que en el tiempo de Jesús, el propósito principal era reunirse para orar, y por supuesto la lectura de la Torá.
Orar en la Sinagoga en comunidad era muy importante para el judío por lo que el servicio se comenzaba orando, se recitaba el “Shema Israel” parte principal de la oración.
Al terminar la misma, la persona que presidía era la encargada de recitar el “Shemoné esré” (sus frases derivan de fuentes bíblicas del Antiguo Testamento) que son las 18 bendiciones a las que las personas reunidas debían responder Amén.
“Shemoné esré” también trae al recuerdo de hechos de la historia israelí, como los milagros que Dios hizo en su pueblo.
Después de esto se leía un pasaje escogido de la ley, esto se hacía ordenadamente para que cubriera el término de un año. Algo interesante es que los sábados se leía además a los profetas, lo cual luego se podía dar una predica o sermón sobre lo leído.

NOTA: Shema Israel (Recuerda Israel) donde se declara la fe en un solo Dios, y el amor a El y la fidelidad a sus mandamientos. Esta oración esta dividida en dos partes del Libro de Deuteronomio, 6:4-9 y 11:13-21 finalizando con una exhortación que lo encontramos en Números 15:37-41

Terminada esta primera parte, pasemos a ver los pasajes de Lucas que me referí al principio.
Recordemos que Jesús estaba en los comienzos de su vida pública, recorriendo Galilea comienza su fama a extenderse, en una parte de ese recorrido Jesús llega a Nazaret, la ciudad que lo vio crecer.
Imaginemos por un momento, Jesús entra en la sinagoga y se sienta, dice el relato que se levanta para leer, era día de reposo (sábado) por lo que como exprese al principio era el día en que se leían los textos proféticos, el que presidía le da el rollo del profeta Isaías, desenrollando el manuscrito, dice que El halla el mensaje que quería dejar a quienes les oía…

El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. Lucas 4:18-19

Así que cuando Jesús, hubo terminado de leer, comienza diciendo…

….Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros. Lucas 4:21

Que hermosas palabras de bendición salían de la boca de Jesús, los presentes dice el versículo 22 “estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca”
Jesús les estaba diciendo que la profecía se había cumplido en su persona, el Mesías estaba frente a ellos, El era el Mesías.
Pero lejos de reconocerlo como el enviado de Dios, en un primer momento creyeron que era un profeta.
Por lo que sólo encuentra en ellos admiración por sus palabras, pero eso no basto para que lo aceptaran, de pronto afloró en sus corazones el menosprecio y la desconfianza hacia Jesús, “¿No es éste el hijo de José?”
   
El intuye que ellos querían que les demostrara que era un profeta, querían hechos visibles que comprobaran sus palabras de profecía.
¿Acaso el hijo de un carpintero podía ser un profeta?

El sabía de la incredulidad y dureza de corazón de las personas que estaban allí presentes, hombres que jamás aceptarían exhortaciones que sacudieran su conciencia.
Por lo que exclama…

Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra.
Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra.
Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra;
pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón.
Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio. Lucas 4:23-27

Con sus Palabras estaba exponiendo la realidad espiritual en la que ellos estaban, que aunque El hiciera allí en su tierra los milagros que había hecho en Capernaum  ya sabía de antemano que no iban a creerle si fuera un profeta y menos aún reconocerlo como lo que era, el Mesías.
Les declara así su incredulidad, y pone como ejemplo dos situaciones del Antiguo Testamento.
Los profetas Elías y Eliseo, a quienes Dios tras la dureza del corazón de su pueblo, los envió a llevar su misericordia y bendición a personas no judías, gentiles como la viuda en Sarepta o Naamán el sirio, ambas personas marginadas por la sociedad de aquella época.

Jesús les mostraba así, que ser israelita no les suponía ningún privilegio por el contrario su jactancia e incredulidad al igual que en otros tiempos los conducía a perder la gracia de Dios.
Dice que ante las palabras de Jesús, se llenaron de ira, echándolo de la sinagoga, debemos suponer que le habrían sacado a empujones fuera de la ciudad, dice el relato que la idea de ellos era despeñarle o sea precipitarlo o empujarlo desde una cumbre.
Ahora bien ¿que los detuvo en hacerlo?, si bien en el relato sólo dice “Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue. Lucas 4:30”
Recordemos que eran hombres religiosos, por lo que la observancia del sábado era estricta, podemos suponer entonces que a pesar de toda su ira, era sábado, (Shabbat, día de reposo) por lo que la ley Mosaica les impedía consumar en ese día lo que ellos deseaban hacerle a Jesús.

Pensando en este relato, fui conmovida por el hecho maravilloso de la misericordia de Dios, que hermoso fue el día que mis labios pronunciaron, ¡Si, yo le creo!
En su perfecto amor, vino al mundo a traer en la figura de Jesús su gracia de salvación, para todos aquellos que le creen.
















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