La voluntad de Dios




Cierto niño muy pequeño, estaba agonizando y su padre, que lo amaba mucho, se afligía en gran manera y no quería conformarse con que su hijo muriera, aunque con palabras de consuelo se lo aconsejaban sus amigos.

El pastor de la iglesia a la cual pertenecía ese padre atribulado le daba iguales consejos y le decía que aceptara la voluntad divina y entregara la vida de su hijo a Dios, principalmente porque no había probabilidades de que el niño sanara.
El padre contestaba: “No puedo conformarme, estoy orando para que Dios me conceda la vida de mi hijo, cualquiera sea las circunstancias”. Se realizó el anhelo del padre: el niño sanó, se desarrollo y su padre lo mimaba en exceso. El hijo llegó a ser un perverso: una espina que siempre estaba hiriéndo el corazón del padre. Cuando el hijo fue ya grande se hizo ladrón, robó cosas de valor a unos de sus maestros, cometiendo muchos delitos más. En unos de sus robos mata a una persona, lo arrestan y tras un largo juicio, es sentenciado a la muerte. Tuvo una muerte ignominiosa, y sin que se arrepintiera de sus muchos pecados. En el momento de que el hijo es ejecutado, al padre le vino a la mente lo que había pedido a Dios, y con una gran tristeza, lagrimas y verguenza confesó su insensatez y su pecado al no haber estado conforme con que se hiciera la voluntad de Dios.


Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos le dijeron: Podemos.
Mateo 20:22



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